El hombre sentado en el pasillo

Ella se habría acercado lentamente, habría abierto los labios y, de golpe, habría tomado entera su extremidad suave y lisa. Habría llenado la boca. Es tal el deleite que las lágrimas le invaden los ojos. Veo que nada es tan poderoso como ese deleite sino la prohibición formal de atentar contra él. Ella no puede asirla mejor sino acariciándola con precaución, la lengua entre los dientes. Lo veo: lo que se acostumbra a llevar en la mente ella lo lleva en la boca, esa cosa tosca y brutal. Ella la devora mentalmente, se alimenta de ella, se sacia mentalmente. Mientras el crimen permanece en su boca, ella no puede permitirse sino conducirlo, guiarlo hacia el gozo, los dientes a punto. Con sus manos ella la ayuda a llegar, a volver. Pero al parecer ya no sabe volver. El hombre grita. Con las manos agarradas al pelo de la mujer intenta arrancarla de aquel lugar pero ya no tiene fuerzas y ella, ella no quiere dejarlo.

Marguerite Duras

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